¿Escritor o «descritor»?

¿Escritor o «descritor»?

Cuanto más leo y más escribo, más consciente soy de la tremenda complejidad que entraña la ambiciosa tarea de escribir una buena novela. Y recalco: una buena novela, no simplemente una novela.

Porque escribir una novela está al alcance de todos nosotros. Todos los que hemos aprendido a escribir y manejamos con solvencia la gramática de nuestra lengua somos capaces de escribir una novela. Tan sólo hay que sentar el trasero en la silla y teclear día tras día hasta que el relato adquiera una extensión adecuada. Es una cuestión de tiempo y perseverancia.

Pero escribir una buena novela ya es otro cantar, y, en mi opinión, los que aspiramos a ello no deberíamos relajarnos nunca ni dejar de aprender los entresijos del oficio, que no es cualquier cosa.

Y ahí ando yo: aprendiendo, analizando las obras de los escritores consagrados y de otros que aún no se han alzado oficialmente con dicho título, pero que escriben (algunos de ellos) obras estupendas capaces de conmover y enganchar al lector. De todo el mundo se aprende. Bueno o malo, pero se aprende.

La verdad es que, desde que me he tomado más en serio el objetivo de vivir de escribir, leo poniendo mucha más atención en los detalles que diferencian una buena obra de otra totalmente prescindible. Y lo que más me ha sorprendido es que nadie parece estar a salvo de escribir obras prescindibles, ni siquiera los autores más reputados. O, al menos, así me lo ha parecido a mí después de haberme topado con alguna gran decepción tras la lectura de novelas que elegí muy ilusionada y con las expectativas muy altas.  

Me atrevería a decir que la principal diferencia entre una obra buena y una prescindible es la misma que existe entre un escritor o escritora y lo que he decidido llamar “un descritor”, es decir, una persona que, más que escribir historias, describe lo que hacen sus protagonistas. Una combinación entre un escritor y un mero descriptor.

Porque una novela no es sólo una sucesión de párrafos con información sobre una historia, no. Una novela debe tener alma. Debe poseer la facultad de emocionar, de transmitir algo más aparte de lo que se relata estrictamente en sus líneas.

Para ser escritor no es suficiente con redactar correctamente y contar una historia. El asunto es mucho más complejo. Muuuucho más. Vamos a verlo con más detalle:

1. No es lo que se cuenta sino también lo que no se cuenta

Ésta me parece una diferencia fundamental entre el escritor y el descritor, y, sin duda, una de las habilidades más difíciles de conseguir. Me refiero a saber qué contar y qué callar. Porque contarlo todo no tiene más vuelta de hoja que la de sentarse a escribir y echarle paciencia, como he dicho antes. Pero la magia sólo se produce cuando el autor o autora sabe elegir sabiamente de qué información prescindir y qué otra compartir con el lector. El intríngulis del asunto radica en seleccionar las partes más relevantes de la historia para hacerla avanzar sin perder información, sin provocar lagunas temporales y sin que el lector se dé cuenta de los saltos que se están produciendo. El quid de la cuestión, por tanto, es saber qué no contar.

Así, un descritor no se deja nada en el tintero, mientras que un escritor casi brilla más por lo que calla que por lo que cuenta.

Lo mismo ocurre en el mundo del cine. El otro día vi un coloquio que emitieron tras la proyección de la película “Muerte de un ciclista”, de Juan Antonio Bardem, y todos los contertulios estuvieron de acuerdo en la genialidad de la primera escena, donde el diálogo se limita a repetir “Juan… ¡Juan…!” con diferentes grados de ansiedad. Ese ingenioso recurso consigue, por sí solo, transmitir la idea deseada en la mente del espectador: que nadie debe enterarse de las circunstancias del atropello que se acaba de producir.

Todos coincidían en comparar aquella forma de hacer cine, basada en sugerir, con la más explícita que se estila hoy día, en la que abunda la información masticada y todo se muestra, sin dar al espectador la oportunidad de deducir.

En lo tocante a la literatura, todos hemos leído libros en los que se nos cuenta hasta el último detalle de los movimientos de los protagonistas: cómo se lava los dientes, cómo se viste, los pasos que da hasta la cocina, cómo se sirve el café… A menos que el objetivo sea atraer la atención del lector hacia esos gestos cotidianos porque luego habrán de tener una importancia crucial, no se entiende que nos cuenten todas esas minucias. Yo, como lectora, desconecto automáticamente.

2. No es lo que se cuenta sino cómo se cuenta

Una vez más, lo más importante no es la información desnuda de lo que ocurre en la historia, sino el enfoque utilizado para transmitirla. Obviamente, este punto guarda una estrecha relación con el anterior, porque saber dónde y qué callar forma parte del arte de saber cómo contar algo.

Un descritor persigue a su protagonista por las páginas de la novela describiendo todos sus movimientos. Siempre al mismo; siempre de la misma manera. Un escritor, por el contrario, va cambiando el enfoque, el punto de vista, recalca unos pensamientos, oculta otros, prescinde de algunos sucesos, elimina información, sugiere, muestra sin explicar… ¡Casi nada! Muy pocos dominan ese arte, y no todos los autores afamados entran en ese grupo privilegiado, así como tampoco todos los desconocidos son ajenos a él.  

3. Sin emoción no hay novela

O no hay novela buena. Porque una historia tiene que emocionar, transmitir algo, removernos por dentro. Hay gente que tiene esa habilidad y hay otra a la que, cuando lo intenta, “se le ve el cartón”. Es terrible cuando estás leyendo a alguien y lo ves venir a la legua. Eso es algo en lo que a mí me da mucho miedo caer (y seguramente caigo y caeré), en tratar de llegar al corazón del lector y que todo quede en un burdo intento de conmover. Qué miedo, por Dios.

También los hay que te entierran bajo una montaña de información que, al final del camino, no te ha transmitido nada.

A veces, es difícil distinguir la obra de un descritor de un artículo periodístico o de un texto divulgativo. Está lleno de hechos y detalles relevantes, pero no hay nada que convierta esa sucesión de acontecimientos en una historia. Lo dicho: no hay alma.

4. Escribir no es elegir un lenguaje rebuscado

Al menos, ésa es mi opinión. Hay gente que, ya de por sí, maneja de forma inconsciente ese estilo más florido, pero hay quien sólo lo hace creyendo que así demuestra mayor dominio de las letras. Y a mí me rechina como no os podéis imaginar. Si uno es florido, que lo sea de manera genuina, porque los estilos forzados logran el resultado opuesto al que buscaba su autor.

Un escritor de los buenos escribe de una manera natural, o que al menos lo sea para él o ella. Pero nunca suena artificioso. Un descritor, en cambio, cae en ese error con más frecuencia. ¿Por qué? Porque está más pendiente de la forma que del fondo, y eso nos lleva al siguiente punto…

5. Lo más importante es la historia

Un escritor sabe que el objetivo de una novela es transmitir, no lucirse. Un descritor está tan obsesionado con el estilo que a menudo se olvida de que está contando una historia.

Hay algunos cuyo principal objetivo es dejar al mundo maravillado con su elección de palabras, y otros que tienen por única preocupación mostrar información con absoluta corrección gramatical y ortográfica. Y desde luego, eso es fundamental, es el paso previo indispensable para poder transmitir, pero por sí solo no te lleva al siguiente nivel, que es el que alcanzan las novelas de verdad y lo que diferencia a un escritor o escritora de un aspirante o descritor.

6. Nunca se termina de aprender

Yo creo que un buen escritor siempre duda de lo que ha escrito. Siente terror ante la posibilidad de haber caído en reiteraciones, de contar más de lo que debe, de rozar el sentimentalismo, de no guardar una coherencia temporal y una evolución lógica de las personalidades de sus personajes. Un descritor no se calienta la cabeza con esas minucias porque no edita, simplemente redacta la información con máximo detalle y con ello ya da por sentado que está todo hecho.

Quizá me equivoque, pero es la sensación que me da cuando leo algunas novelas en las que sus autores parecen haber dado por buena la primera y única versión de su historia. Sobre todo, cuando son obra de un autor consagrado. Porque si uno ya ha alcanzado cierto nivel, se le presupone “el ojo clínico” necesario para saber dónde meter el bisturí y despojar al texto de los fragmentos que no aportan nada. Pero, sorprendentemente, deciden darlo por bueno porque creen, quizá, que el lector no tiene la inteligencia suficiente para darse cuenta de la estafa. Ellos ya han volcado en el papel todo lo que querían volcar y ya está. Y si encima les ha salido un libraco de ochocientas páginas que te pueden cobrar a treinta euros, mejor que mejor. A por el siguiente.

En fin…

Este tema daría para muchas conversaciones jugosas y para llenar páginas y páginas sobre el arte de escribir, pero baste lo expuesto para tener una idea suficiente de lo que quiero decir.

Por supuesto, vuelvo a dejar claro que yo no soy más que una aspirante, y que me limito a leer, aprender y analizar con detenimiento para alcanzar algún día el sueño de escribir una novela con mayúsculas. Tan sólo pretendo descubrir de qué está hecha una gran obra y lograr así evitar los errores más comunes en los que solemos caer los que estamos aprendiendo esta bonita profesión.

Y dime, ¿tú qué opinas? ¿Te has topado alguna vez con alguna novela que contara de más y transmitiera de menos? ¿O quizá quieres compartir con los demás alguna que cumpla con todos los elementos deseables? Cuenta, cuenta… 🙂

4 comentarios

    1. ¡Jajajaja! Porque soy un desastre y todavía no he puesto la opción de seguir las actualizaciones. Es lo malo de dejar las cosas para otro día: que ese día nunca llega. ¡A ver si me pongo y lo termino! En cuanto al contenido de la entrada, me alegro de que tengamos la misma opinión. 🙂 ¡Y muchas gracias por tu comentario, Lorena! :*

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