Por qué escribimos

Por qué escribimos

Hace un tiempo le dediqué una entrada del blog a indagar un poco en los motivos que nos llevan a leer. Por qué leemos, qué nos empuja a sumergirnos durante horas en un mundo imaginario y a sentirlo como si fuera nuestro.

Pues bien, hoy me interesa ver el mismo asunto desde el punto de vista opuesto o, más bien, complementario: por qué escribimos.

En esto, como en todo, no se puede generalizar. Habrá tantas opiniones como autores, y lo cierto es que yo sólo puedo compartir la mía.

Así pues, ¿por qué escribo yo?

En primer lugar, podría contestar a la cuestión de por qué me he animado a dar el paso de crear una historia, editarla, publicarla, compartirla e intentar hacerla crecer. Y por qué tengo la firme intención de continuar este camino creando más historias. En resumidas cuentas, ¿por qué me gustaría ser escritora?

Pues bien, por encima de todo, porque es la vida con la que más identificada me siento. Porque me paso el día con la cabeza en las nubes y me cuesta horrores aterrizar, así que no se me ocurre mejor salida para ello que buscar una ocupación remunerada en la que pueda dedicarme a soñar despierta. Aunque siendo realistas, es posible que la ansiada remuneración no vaya más allá del cariño de algunos lectores, que ya es mucho. Es muy bonito cuando alguien lee tu libro y te busca por las redes para hacértelo saber. Es precioso cuando alguien te dedica una reseña cargada de cariño y sentimiento. Precioso de verdad; no es fácil describir esa sensación con palabras. Es maravilloso saber que una persona desconocida se ha sentido atrapada por la historia que imaginaste y ha dedicado su valioso tiempo a leerla con toda su atención.

Por otro lado, soy un poco caótica con los horarios, y me ahogo en cualquier actividad laboral que implique cumplir con unos límites temporales estrictos. Y sí, lo sé, los escritores no viven tumbados a la bartola ni yendo a la deriva según las apetencias del momento. Tampoco es eso lo que busco, no soportaría vivir así. Pero sí que me siento cómoda organizando cada día según me convenga y sin tener que dar cuentas a nadie.

Y una vez resuelto el tema de por qué querría alguien —mejor dicho: de por qué querría yo—  dedicarme a escribir, vamos a analizar qué nos lleva a escribir una historia concreta y no otra.

Escribir te permite crear un mundo a tu medida. Es como si te dieran el superpoder de hacer realidad tu escenario ideal, tu percepción del romance, tu vida soñada. Puedes diseñar los diálogos a tu antojo, tu protagonista puede tener una vida preciosa o enfrentarse a retos desafiantes y ser capaz de salir de ellos de la mejor manera posible. O pasarlas canutas. Lo que a cada uno le apetezca más plasmar.

Yo creo que hay momentos para todo y novelas para materializar cada uno de esos momentos. A mí me encantan las historias de misterio y sé que acabaré escribiéndolas, pero paradójicamente me he estrenado con algo muy diferente: una historia muy dulce de amor y amistad ambientada en un marco bucólico de lo más apacible.

¿Por qué?

Pues ni más ni menos que porque me he criado leyendo cuentos y soñando con ellos. Porque soy una moñas incapaz de salir a pasear por el campo sin ir alabando el paisaje a cada paso. Porque yo misma me debato entre la idea de éxito que me ha inculcado la sociedad y la que realmente me señala mi corazón. Y porque sé que otra vida es posible y que está al alcance de la mayoría, siempre que seamos capaces de despojarnos de esas vocecitas internas y malintencionadas que identifican triunfar con hipotecar tu vida para ajustarte a lo que el mundo parece esperar de ti (como si “el mundo” no tuviera nada mejor que hacer que estar pendiente de nuestros pasos).

Por todo ello sentí la necesidad de escribir esa historia: la historia que muchos de nosotros soñamos, consciente o inconscientemente, y que refleja los dilemas y contradicciones que nos atormentan.

Y es que no estamos solos. Somos muchas las almas que sentimos igual.

Además, elegí el marco que más me apetecía. Decidí rendir un pequeño homenaje a todos esos encantadores pueblos de la llamada España vaciada, donde el ritmo es más tranquilo y la vida, en mi opinión, más auténtica. Donde la gente no se pasa la vida gastando dinero en cosas que no necesita, y una buena conversación con los vecinos es suficiente para sentir que el día ha valido la pena.

Me encanta el ritmo lento, el que nos permite saborear las pequeñas cosas de la vida, ésas que la hacen grande. Me encanta buscar un rinconcito soleado en una tarde de otoño y arrellanarme en mi asiento dispuesta a sumergirme en las páginas de una buena novela. Me encantan los postres caseros, el olor a bizcocho y a leña, la luz de la mañana entrando a raudales por la ventana del dormitorio.

Como decían los de Aquarius en aquel anuncio tan entrañable sobre la gente que necesita pueblo y los pueblos que necesitan gente, “admitámoslo: la gente que tiene pueblo es afortunada”. Y yo tuve esa suerte. Pasé momentos inolvidables de mi infancia en el pueblo de mi abuela y me empapé de esa atmósfera, y por ello decidí elegir ese lugar, Albanchez, para ambientar mi historia. Y tanto es así que en mi vida adulta me gusta vivir en sitios pequeños, donde te sientes arropada por la comunidad, y donde un mal día se soluciona tan sencillamente como saliendo a dar una vuelta y parándote a cambiar impresiones con los vecinos, con la dueña de la tienda de ultramarinos o con el propietario de la papelería de la esquina.

Y así como yo elegí tal escenario para mi primera novela, otros autores sentirán la necesidad de vivir esa vida que siempre han querido en el marco de una gran ciudad, o de un país exótico, una isla desierta o un mundo irreal. Y crearán un personaje que ponga voz y cara a todas sus dudas, y querrán saber, tanto como el lector, cómo sería la vida si…

Por otro lado, escribir no implica tan sólo recrearse en un escenario que nos atraiga. También se pretende transmitir un mensaje, o una sensación que nos haya golpeado con fuerza en algún momento de nuestra vida, y que nos mueva a querer profundizar en ella. Quién sabe: algunos quizá quieran compartir una enseñanza y hacernos pensar; otros intentarán que entendamos su punto de vista; otros, a lo mejor, buscarán convencernos de su particular visión del mundo. Yo quería poner palabras a mis dudas existenciales y llegar a una conclusión, y quizá, buscar ser comprendida por otras personas que comparten mis valores.

Y, en fin, hay tantas visiones como autores y novelas. Cada cual persigue un propósito, y en último término, todos buscamos almas afines a las que emocionar. ¡Y es tan bonito cuando eso ocurre…!

La cuestión ahora, en mi caso, es si habrá una continuación de “Lunas de naranja y chocolate”, si querré seguir explorando ese horizonte que he alumbrado en mi imaginación. Es muy posible. Una vez que has dado vida a unos personajes que acaban significando tanto para ti —una vez que se han convertido en algo casi real—, es muy difícil despedirse de ellos para siempre. Es inevitable tener la sensación de que siguen viviendo su vida aun después de que una haya terminado de “leerlos”. Y claro, ésa es una historia que no te quieres perder.

Y es que los mundos imaginarios, ésos tan ideales que se convierten en nuestro oasis particular, pueden dar mucho de sí.

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