El sentido de la propia importancia

El sentido de la propia importancia

Cuando me lancé a la aventura de escribir, consulté todos los blogs habidos y por haber especializados en el tema, y un consejo que se repetía en todos ellos era el de asegurarnos de tener presencia en las redes sociales. Y, huelga decirlo, ser constante en ellas (mi talón de Aquiles).  

Esto, cuando eres un pelín tímida, o reservada, como es mi caso, cuesta bastante. Yo he tenido blogs casi desde el mismo momento del surgimiento de ese fenómeno, pero siempre escribía bajo seudónimo. Y claro, si mi objetivo era darme a conocer o, más bien, dar a conocer mi novela, no tenía sentido tomarme la molestia de escribir bajo un nombre ficticio.

El problema que se plantea entonces al escritor novato es qué imagen le interesa dar. Una ventaja evidente de escribir con nombre falso es que, como nadie te conoce, te puedes permitir el lujo de divagar y decir chorradas, sin mayores consecuencias. Un día te levantas profunda y escribes; otro día amaneces guasona y escribes. Y así, poco a poco, te vas mostrando como realmente eres y sin tapujos. Pero cuando estás dando la cara, la cosa cambia, y el miedo a pecar de insulsa, superficial, pedante o lo que sea, te paraliza.

Esta reflexión viene a propósito de mi perfil en Goodreads. Sí, también abrí cuenta allí, claro está. Hoy me he animado a completar un cuestionario que tenía a medio y me he dejado llevar por mi humor del momento. He estado tentada de borrarlo todo y pensar unas respuestas más sesudas que me hagan parecer interesante, pero he abandonado la idea, porque yo no soy así. Es decir, interesante sí creo serlo, al menos en un grado aceptable, pero sesuda, profunda y con aires de altura intelectual, no.

Y, claro, una cosa me ha llevado a la otra, y al darme cuenta de que este blog lo tenía más parado que los ojos de Espinete (mi inconstancia, una vez más), me he decidido a aprovechar el arrebato y actualizarlo.

A veces leo reflexiones de personas que conozco y me quedo un poco perpleja por el tono empleado, porque en la vida real no son así. Y esta peculiaridad se aprecia de forma más evidente en publicaciones en las que, según la opinión general, “tenemos que dar una imagen”. Así, nos encontramos con textos rebuscados llenos de palabrejas imposibles que no reflejan ni por asomo la verdadera personalidad de su autor.

Creo que yo también he caído alguna vez en esta trampa: el miedo escénico me ha hecho perder frescura y me he mostrado de forma artificial.

Y, si esto nos sucede a todos (véase Linkedin, por ejemplo), en el mundo literario creo que este defecto se acrecienta. Ya sabemos que los escritores tienen un aura de personaje inalcanzable que se encuentra en un nivel superior a la media, por encima del bien y del mal, y que todo lo que sale de su pluma es elevado y exquisito. Como consecuencia, todo el que pretende vivir de este oficio acaba cayendo en la tentación de comportarse como si eso fuera lo que los demás esperan de él, y termina adoptando una personalidad afectada y totalmente alejada de su realidad.

Supongo que eso les ocurre más a los novatos que a los autores consagrados, puesto que su sentido de la propia importancia es más acusado. Sin embargo, cuanto más has logrado en la vida (por méritos propios), más llano te muestras, es así. Todo el mundo recuerda a Paco Umbral soltando aquello de “yo he venido a hablar de mi libro” con total naturalidad delante de miles de espectadores y en horario de máxima audiencia.

Siempre he dicho que mi aspiración era hablar cinco idiomas y tener un trabajo apasionante del que me encantara hablar y con el que me ganara la vida maravillosamente bien, porque, en ese caso, me relajaría completamente y sería capaz de hablar de cualquier tontería sin miedo a lo que pensaran de mí. Aún no he llegado a ese punto, pero he decidido empezar a comportarme ya como si me moviera por la vida bajo seudónimo: con total libertad y dejando salir a borbotones mi verdadera personalidad. Claro que, como mi familia ya sabe de sobra, mis decisiones tienen corto recorrido, y lo que hoy me parece una máxima férrea a la que convertir en el foco que guíe mi existencia (modo dramático “on”), mañana me parecerá totalmente disparatada y falta de sentido.  

Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.

*(Ahora que me documento, veo que la atribución de esa cita es errónea, y que no la dijo el propio Groucho, sino un personaje ficticio basado en él. De todos modos, le encaja perfectamente).  

2 comentarios

  1. Me ha encantado tú último libro, Vero. Por supuesto leere los otros. Aprovecho para enviar un beso para tú madre Lolita, un abrazo para tú padre y otro beso para ti. Te puedo sugerir otro tema para escribir un libro, más extenso o incluso mucho más extenso para disfrutar, informar y … optar al premio planeta….

    Gumer Campos Guzmán
    1. ¡Muchísimas gracias! Qué alegría tener noticias de la familia de esta forma tan agradable, además. Me hace muy feliz que os vaya gustando el libro. 🙂 Ya he transmitido el beso y el abrazo a sus destinatarios, que se han puesto muy contentos. Y gracias por la parte que me toca, ¡igualmente! Lo del premio Planeta queda como en otra galaxia muy muy lejana, pero estaré encantada de oír cualquier sugerencia, ¡faltaría más! Un abrazo. 🙂

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